El siguiente es el texto de la enseñanza tal y como fue escrita para ser predicada en Centro Cristiano Prado Veraniego.
[Lectura de 1 Corintios 14:10-19; Juan 14:5-14; Mateo 7: 15-23]
Hoy tengo el privilegio de tratar de explicar a ustedes cómo se relacionan estas tres porciones de escritura, para lo cual le ruego a Dios, en virtud de mi relación personal con su Hijo Jesucristo, que me permita conservar la claridad y no perder el hilo. Amén.
La historia de mi vida de oración ha tenido muchos hitos (o puntos de referencia), la mayoría de ellos trágicos. Uno de estos hitos sucede en mi época de bachillerato, cuando, por herencia de mi papá, me acostumbré a quedarme dormido con noticias—gente hablando—y eso me precondicionó a quedarme dormido en clase en la universidad y por ende también en los servicios religiosos, pero muy especialmente en el tiempo de la oración. Aunque no me pasa que me quede dormido en mi tiempo de devocional; allí lo que me pasa es que me distraigo mucho y no tengo un orden. Lo cual me hace suponer que si mi tiempo de oración fuera verdaderamente fructífero, Dios me hablaría mucho durante mis ratos de silencio y entonces me quedaría dormido, pero por lo menos sabría que estoy escuchando a Dios (¡o a alguien!) y que por eso me quedé dormido. Pero a veces lo que pasa es que me ocupo mucho hablando durante mi oración entonces debe ser Dios el que se queda dormido…
[Mucha gente me habla de lo que Dios les dice en su tiempo de oración, de cómo Dios les ayuda a tomar una decisión y de cómo Dios “claramente“ les expresó y les confirmó esto y lo otro. Cuando yo era adolescente asistí a Escuela de Liderazgo y hacíamos lo que llamábamos “desierto espiritual“, dos días sin hablar con nadie; al final cada uno compartía sus experiencias: a algunos las arañas y las vacas les habían hablado, a otros el árbol del frente se les había convertido en el rostro de Jesús; a mí, ni por las curvas se me apareció nadie, pero al revisar mis apuntes de mis reflexiones, me daba cuenta de lo mucho que me había descubierto y de cuántos buenos propósitos me había hecho, los cuales, por supuesto, nunca cumplí. En aquel tiempo, pude racionalmente atribuir tales apuntes de cuaderno a la intervención de Dios a través de mi bolígrafo sobre las rayas de mi cuaderno. Hoy, entiendo que en aquel entonces yo no tenía una relación personal con Jesucristo y por lo tanto mis dos días de desierto espiritual eran como asistir a una cita a ciegas sin una descripción de la niña y con la dirección equivocada—lo cual me ha pasado varias veces también. Así que lo que tuve en realidad fue una experiencia de dos días hablando conmigo mismo, revolcándome en mis esfuerzos de autosuperación, por mi mismo, para mí mismo, sin Dios ni Ley.]
Para hablar de oración, tendríamos que abarcar horas y horas de estudio y páginas y páginas de lectura. Pero por ahora lo mejor que podemos decir es: “Yo te entiendo; a mí también me pasa.“ A mí también me cuesta trabajo concentrarme durante la oración, sea la que hago en mi tiempo personal con Dios, o la que hacemos en grupos pequeños, o la que se hace en público, cuando la hace alguien más. Es que si la oración surgiera espontáneamente y no nos costara trabajo, no requeriría perseverancia – mirar TV no requiere perseverancia…
Así que hoy me presento acá no como el gurú en oración, sino como un aprendiz –¡y probablemente me quede toda la vida como aprendiz!—que fue movido a la preparación de este tema no para demostrarle a los demás lo superespiritual que es, sino incluso desde un desierto espiritual en términos de oración. Me presento como alguien que en la preparación de esta enseñanza se topó con una cantidad impresionante de material y recursos para crecer en la vida de oración y que está ansioso por compartir TODOS estos recursos y posibilidades con ustedes, pero solo tengo 35 minutos y ya gasté cinco contándoles mis frustraciones.
Empecemos por decir de qué NO voy a hablar. No vamos a responder preguntas como, “¿Me escucha Dios cuando oro?“ o, “si Dios lo sabe todo, ¿para qué le tengo que contar lo que necesito?“ (Mateo 6:31-32), o “por qué Dios no parece responder algunas oraciones y otras sí?“, preguntas todas estas muy válidas y fascinantes de estudiar, para los cuales solo puedo dirigirlos a algunos de los recursos disponibles en librerías y en el internet, los cuales encontrarán en la página referenciada en su boletín. También podemos analizar estas preguntas en el grupo de oración de los miércoles a las 6:30, espacio en el cual ya empezamos a estudiar muy informalmente estos temas y al cual están cordialmente invitados.
Hoy vamos a hablar específicamente de la oración pública. Pero cuando hablamos de oración pública estamos de por sí distinguiéndola de otros tipos de oraciones.
Cuando entramos en nuestro cuarto, cerramos la puerta y oramos a nuestro Padre que está en lo secreto, estamos haciendo lo que vamos a llamar “Oración Privada.“ Esta es la que nuestro Señor Jesucristo nos pide que NO hagamos en público, como los hipócritas, “porque a ellos les encanta orar de pie en la sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea.“ Nótese que no dice para que la gente los oiga, sino para que la gente los vea.
Luego está la oración que vamos a llamar Participativa, en la cual dos o más personas se reúnen a orar. Ésta es en últimas una oración pública, excepto que en vez de haber una persona orando y las demás diciendo “Amén,“ hay varias personas hablando, ya sea al unísono, como parece ser el caso cuando liberan a Pedro y Juan de la cárcel después de sanar a un hombre lisiado, y al llegar de regreso a casa, dice la Palabra que “alzaron unánimes la voz en oración a Dios, diciendo… Soberano Señor, etc.“ O ya sea de otra forma como cuando un ángel libro a Pedro de la cárcel y llegó a casa donde había muchas personas reunidas orando, y es probable que fuera tomando turnos para orar.
Finalmente, existe lo que vamos a llamar la Oración Pública, tal y como la conocemos hoy en día, a la que muy seguramente se refiere Pablo en el pasaje que leímos en 1 Corintios 14. En este pasaje Pablo habla del don de lenguas, del cual pide que sea usado para edificar a los demás, y luego el tema de las lenguas se convierte sutilmente en una excusa para hablar de la oración hecha en público. Así que mientras es posible concluir con seguridad que la oración pública era algo que se practicaba en las iglesias primitivas, la Biblia no trae una gran cantidad de instrucciones en cuanto a la forma de desarrollar esta oración pública, excepto dos directrices muy claras: que edifique, y que sea corta.
Las dos están íntimamente relacionadas por cuanto es natural que ante una oración demasiado larga, la gente empiece a desconectarse, y por tanto lo que sea que haya de edificante en la oración no va a llegar a oídos de los presentes. De ahí que durante muchos años se utilizó la oración escrita previamente, hasta que, durante la Reforma, algunas tradiciones Protestantes tendieron a reaccionar contra estas prácticas. La idea, según Bratcher, es que “las oraciones escritas inhibían el trabajo del Espíritu Santo, reflejaban demasiada manipulación humana de la experiencia de alabanza o enseñaban doctrina equivocada.“ Sin embargo, hoy muchas iglesias protestantes están retomando esta práctica de oraciones escritas.
Esto, que puede verse como una mera cuestión de forma, tiene relevancia en la medida en que el hacer esto bien o mal hecho, va a determinar finalmente la pasión con que la congregación asuma el tema de la oración. En nuestra iglesia, por ejemplo, a veces escribimos algunas oraciones para efectos de controlar el tiempo, de variar los temas o simplemente de asegurarnos de no ir a cometer errores teológicos desde el púlpito, y a veces oramos de manera espontánea. Tiene gran relevancia también en momentos de oración participativa en grupos pequeños, sobre todo con cristianos jóvenes en la fe. A Matilde Lina, por ejemplo, le estamos enseñando poco a poco a orar, y hasta el momento ella responde positivamente. Si nosotros queremos que ella crezca amando la oración, tenemos que hacer un esfuerzo por hacer muy especiales los momentos de oración, por ponerles picantico. Le tenemos que meter variedad. Cuando esto no se hace, suceden cosas como la que sucedió la semana pasada, cuando Luis Carlos dijo, “Vamos a orar…“ y antes de que pudiera terminar su frase, ya varias personas habían agachado la cabeza automáticamente, pero él en realidad estaba aún en la mitad de su enseñanza e iba a decir otra cosa.
Pero, por sobre todo, está la importancia de que la oración sea efectiva y la Palabra nos dice una y otra vez que la oración solo es efectiva cuando se hace en el nombre de Cristo. Ahora bien, la Palabra también nos dice que “en aquel día“ muchos reclamarán, seguramente cuando ya se vean en la mala, que hicieron milagros y profetizaron en el nombre de Cristo, y aún así, Jesús les dirá: “¡Jamás les conocí! ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!“ (Mateo 6) Esto lo que nos dice es que hay una gran diferencia entre decir “En el nombre de Cristo“ y real y verdaderamente orar, profetizar o hacer milagros en el nombre de Cristo. ¡Qué responsabilidad tan grande, entonces, la de aquel que lidera en oración, el poner las peticiones de un grupo, de una congregación, en manos de Dios! Y digo que qué responsabilidad, porque cuando estas personas en el día del juicio le reclaman a Jesucristo que hicieron cosas en Su nombre, Él no les responde simplemente, “Ah no, eso no fue hecho en mi nombre, trata de nuevo“. No. Él les dice, “¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!“ Como quien dice que lo que ellos hicieron no solo no fue bueno, sino que, por descarte y simple lógica, fue malo. No solo no fue hecho en nombre de Cristo, sino que fue hecho en nombre del maligno.
Fíjense bien que aquí estamos hablando de cosas que hoy consideraríamos sobrenaturales y extraordinarias, como profetizar o hacer milagros. Cosas en las que, de no ser hechas por Dios, tendrían que intervenir poderes, autoridades, potestades que dominan este mundo de tinieblas… fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales… (Efesios 6:12-NVI). ¿Y es que acaso la oración de súplica es distinta? Cuando hacemos oración y presentamos peticiones, ¿acaso no estamos pidiendo que Dios intervenga en nuestras vidas o en las vidas de otras personas y que obre sobrenaturalmente?
Así pues, vale la pena reencauchar la famosa frase, “Ten cuidado por lo que oras,“ pero más que eso, ten cuidado en nombre de quién oras. Porque si tú no estás seguro de estar orando sinceramente en el nombre de Cristo, y aún así tu petición es concedida, puedes estar seguro que detrás de ese “milagro“ hay algo más que casualidad, hay algo más que coincidencia: hay poderes, autoridades, potestades y fuerzas espirituales malignas que dominan este mundo de tinieblas. Esto no lo digo para meter miedo, sino para dejar claramente sentada la importancia no solo de la oración, sino de la oración bien hecha. Porque en la oración, como en cualquier otro tipo de comunicación, la claridad es fundamental.
Aquí es donde cobra importancia la distinción ente oración privada de una parte, y oración participativa y pública, de otra. La oración privada no requiere de palabras, más bien de escuchar la voz de Dios. El pedir o no en nombre de Cristo es algo muy interior, que Dios ve. Pero en la oración pública, como es para edificar, debe quedar expresado en palabras, para que la congregación no tenga que estar adivinando las intenciones de quien dirige la oración. En la oración pública, podría decirse, se está uno jugando el todo por el todo. Dice Dennis Bratcher, autor cristiano, que ha sido en el contexto de oraciones públicas donde ha escuchado las peores herejías. Y por ello, continúa él, las oraciones públicas se convierten a veces en una aburrida y monótona repetición de la repetidora, porque quien dirige la oración prefiere salvar su pellejo, doctrinalmente hablando, y no aventurarse a terrenos que lo puedan llevar a imprecisiones teológicas.
Habiendo dicho esto, cabe preguntarnos, ¿cómo entonces podemos asegurarnos que estamos orando en el nombre de Cristo si no es simplemente diciendo “En el nombre de Cristo“ para cerrar nuestra oración, como si fuera una muletilla? ¿Qué ha de pasar en el proceso de orar que le confiera credibilidad a lo que oramos? Les voy a ser honestos: en lo que pude investigar sobre el asunto encontré muy poco o nada al respecto. Incluso el libro de la materia que estudiamos acá en la iglesia que se llama “Vida Cristiana“ enseña que “Orar en el nombre de Cristo es terminar la oración con las palabras en el nombre de Jesucristo, Amén-.“ Y estas no son palabras mágicas, no es así cómo debe usarse.
Entonces encontré una pista en el mismo evangelio de Mateo. Justo antes de Jesús decir lo que le va a pasar a aquellos que dicen haber hecho cosas en su nombre, Él habla de los falsos maestros, de aquellos lobos que vienen disfrazados de ovejas, y los compara con árboles que no dan fruto, los cuales serán cortados y arrojados a la hoguera. Y nos recuerda, como susurrándonos al oído: “Por sus frutos los conocerán…“
He ahí, para mí, una pista importante, o quizás la clave de una oración sinceramente hecha en el nombre de Cristo y no en el nombre de nuestras ambiciones, deseos, afán de figurar o deseo de sobresalir: quien ora sinceramente experimenta el milagro del crecimiento y la fructificación. No es algo instantáneo, así como no lo es en los árboles buenos que uno siembra la semilla y ¡POP! a los quince minutos ya hay una deliciosa pitaya esperando a ser consumida. Es más bien un proceso. Cuando llevo a Matilde al pediatra, lo primero que hago es mirar la pared detrás del escritorio y escrutinar cada uno de los diplomas allí colgados: de qué universidad se graduó, qué especialización tiene, certificaciones, etc. Yo no se nada de la vida personal del médico, de su familia, de sus buenas o malas costumbres, pero los diplomas me hablan de la preparación que ha tenido.
En el contexto de la iglesia, en cambio, y especialmente en el campo de la oración, no nos fijamos en títulos y honores, sino en la vida de la persona. Si yo me paro acá adelante y empiezo a orar por una cosa y la otra, y digo hacerlo en el nombre de Cristo, mientras mi vida personal es un desastre, y pasan las semanas y los meses y mi vida sigue siendo un desastre, es muy probable que haya algo vacío en mi oración. Y lo que pase con mis peticiones, sean cuales sean (la sanación de un enfermo, el conseguir empleo, la conversión de alguien, etc.) puede verse de dos formas: o no se cumple por el simple hecho de que no se pidió en el nombre de Cristo, o se cumple, porque igual era la voluntad de Dios que se cumpliera, pero no se le da gloria al Padre (Juan 14:13). Y no se glorifica al Padre porque no lo hizo Jesucristo. Y si no lo hizo Jesucristo, entonces, ¿quién lo hizo? Muchos dirán que el fin justifica los medios y lo importante es que se me hizo el milagrito. Pues yo les digo que no hay ninguna diferencia entre el obtener algo a través de una oración deshonesta y falsamente motivada, y poner a San Antonio de cabeza o ir a donde el Brujo Llanero para recuperar el amor perdido.
La buena noticia de todo esto es que en este proceso de dar fruto no nos tenemos que preocupar de que ahora vamos a estar siendo fiscalizados, observados, puestos a prueba y en últimas juzgados por nuestros hermanos. El hecho de dar frutos tiene una connotación mucho más importante, positiva y fascinante para una congregación como la nuestra: significa sobre todo que todos y cada uno de los aquí presentes haremos parte del crecimiento del otro. Si uno es de los que se la pasa ventaneando de iglesia en iglesia, picando aquí, picando allá, a veces de religión en religión, se está perdiendo de una increíble oportunidad de presenciar el crecimiento espiritual de sus hermanos y hermanas y de participar activamente en abonar ese crecimiento. Pero además, debe haber algo que no le permite exponerse tal y como es ante los demás. Y ese algo no es necesariamente un pecado, porque todos los tenemos. Es más bien, la ausencia del deseo de superar ese pecado y el no querer ser transformado. Cuando yo no quiero que los demás noten que sigo siendo el mismo bebé espiritual de hace años, lo mejor que puedo hacer es no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio, no comprometerme, no orar con los demás, jamás pedirles que oren por alguna necesidad mía.
De ahí que se diga que la unión hace la fuerza. Lo cual me recuerda una oración muy bonita que solía decir hace algunos años y que mi papá me escribió en una carta hace poco: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles, “mi paz os dejo, mi paz os doy“, no mires nuestros pecados sino la fe tu Iglesia, y conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad, tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, amén.“
¿Por qué hablar de esto desde el púlpito y no simplemente realizar un taller para pastores, puesto que son ellos finalmente los que se paran a hacer oración pública? La respuesta, reitero, es porque cada uno de nosotros está encargado del crecimiento espiritual de todos los demás aquí presentes. Cada uno de nosotros debe buscar oportunidades de orar POR los otros, pero también CON los otros. Y cuando eso suceda, vas a tener la responsabilidad de hacerlo en el nombre de Cristo, pero verdaderamente y no solo de labios para afuera. En ese momento cada uno de nosotros se convierte en una de esas personas que se paran en las llegadas de los aeropuertos, con un uniforme y un letrero a esperar a un turista o un hombre de negocios. Cuando el turista llega y ve el aviso que tienes con el nombre del hotel a donde le vas a llevar, empieza a caminar hacia ti, y confía en ti. Pero si tú le llevas a un hotel distinto o empiezas a irrespetar tu código de trabajo, estarás demostrando que lo tuyo no era más que un uniforme y un letrero. Asimismo, cuando oras con otras personas en el nombre de Cristo, estás prometiéndoles y prometiéndote a ti mismo que las peticiones serán puestas en las manos de Dios pasando por los pies del único mediador entre Dios y el hombre. El fruto que produzca tu vida hablará enormemente de quién realiza y concede aquellas peticiones.
Saturday, January 17, 2009
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