Saturday, February 14, 2009

Testimonio de Gracia

Hechos 19

El disturbio en Éfeso

23 Por aquellos días se produjo un gran disturbio a propósito del Camino.24 Un platero llamado Demetrio, que hacía figuras en plata del templo de Artemisa,[b] proporcionaba a los artesanos no poca ganancia.25 Los reunió con otros obreros del ramo, y les dijo:

—Compañeros, ustedes saben que obtenemos buenos ingresos de este oficio.26 Les consta además que el tal Pablo ha logrado persuadir a mucha gente, no sólo en Éfeso sino en casi toda la provincia de *Asia. Él sostiene que no son dioses los que se hacen con las manos.27 Ahora bien, no sólo hay el peligro de que se desprestigie nuestro oficio, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea menospreciado, y que la diosa misma, a quien adoran toda la provincia de Asia y el mundo entero, sea despojada de su divina majestad.

28 Al oír esto, se enfurecieron y comenzaron a gritar:


—¡Grande es Artemisa de los efesios!

29 En seguida toda la ciudad se alborotó. La turba en masa se precipitó en el teatro, arrastrando a Gayo y a Aristarco, compañeros de viaje de Pablo, que eran de Macedonia.30 Pablo quiso presentarse ante la multitud, pero los discípulos no se lo permitieron.31 Incluso algunas autoridades de la provincia, que eran amigos de Pablo, le enviaron un recado, rogándole que no se arriesgara a entrar en el teatro.

32 Había confusión en la asamblea. Cada uno gritaba una cosa distinta, y la mayoría ni siquiera sabía para qué se habían reunido.33 Los judíos empujaron a un tal Alejandro hacia adelante, y algunos de entre la multitud lo sacaron para que tomara la palabra. Él agitó la mano para pedir silencio y presentar su defensa ante el pueblo.34 Pero cuando se dieron cuenta de que era judío, todos se pusieron a gritar al unísono como por dos horas:


—¡Grande es Artemisa de los efesios!


35 El secretario del concejo municipal logró calmar a la multitud y dijo:

—Ciudadanos de Éfeso, ¿acaso no sabe todo el mundo que la ciudad de Éfeso es guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua bajada del cielo?36 Ya que estos hechos son innegables, es preciso que ustedes se calmen y no hagan nada precipitadamente.37 Ustedes han traído a estos hombres, aunque ellos no han cometido ningún sacrilegio ni han *blasfemado contra nuestra diosa.38 Así que si Demetrio y sus compañeros de oficio tienen alguna queja contra alguien, para eso hay tribunales y gobernadores.[c] Vayan y presenten allí sus acusaciones unos contra otros.39 Si tienen alguna otra demanda, que se resuelva en legítima asamblea.40 Tal y como están las cosas, con los sucesos de hoy corremos el riesgo de que nos acusen de causar disturbios. ¿Qué razón podríamos dar de este alboroto, si no hay ninguna?


41 Dicho esto, despidió la asamblea.


*******************

Mi nombre es Demetrio, y ustedes seguramente me conocen por mi aparición estelar en el libro donde Lucas relata los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 19. Sí, fui yo quien instigó los disturbios que culminaron con la toma del teatro de Éfeso para expulsar a esos revoltosos que venían a desprestigiar nuestro oficio y a persuadir a los ciudadanos de que no son dioses los que se hacen con la mano; a aquellos que venían haciendo milagros y expulsando demonios en nombre de un tal Cristo. ¡Imagínense eso! Venir a decirme a mí, Demetrio, uno de los orfebres más prestigiosos de la región del Asia Menor, que las esculturas y figuritas que con tanto trabajo labraba no son dioses! Ellos decían que no, pero las multitudes que me las compraban a la entrada del templo de la gran Artemisa no pensaban así. A ellos, esas estatuillas les daban la tranquilidad que sus podridas conciencias no les garantizaban. Y es que si tan solo ustedes las hubieran visto: ¡eran perfectas! Delicadamente moldeadas en plata, mis Artemisas eran la más sensual representación de nuestra diosa de la castidad.

A esos cristianos que vinieron arruinando mi negocio yo les hice la vida imposible. Pero no me miren así, no me juzguen…¿Acaso no harían ustedes lo mismo de haber estado en mi lugar? ¿No harían ustedes cualquier cosa por retener su trabajo, alimentar su familia, cuidar su reputación, conservar a un ser amado? Ustedes tienen que entender que estos tales discípulos vinieron hablando de un Dios que yo jamás había visto, aunque ellos dicen que murió crucificado frente a las multitudes. Pero a mí nunca me mostraron una esfinge o un grabado. Mientras que a mi Artemisa yo la veía todos los días y a toda hora. A ella le podía encender velas, tocarla y llevarla conmigo en mis viajes. ¿No harían ustedes lo mismo?

Pero quiero que entiendan que no estoy diciendo esto para justificarme, porque ya he sido justificado. Quiero decirles que, aunque me avergüenza confesarles que yo soy ese Demetrio del que tanto han leído, es una vergüenza sana, porque ya he sido justificado. El Demetrio que ustedes tienen aquí en frente suyo es un Demetrio distinto, un Demetrio nuevo. Aquel refrán que dice que “el que persevera alcanza“ se hizo realidad en mi vida gracias a la perseverancia de aquellos misioneros cristianos a quienes traté de expulsar de Éfeso, y hoy les habla un Demetrio que finalmente cayó a los pies de Jesucristo.

Probablemente tienen curiosidad sobre cómo sucedió esto. Quizás se estén preguntando qué pudo haber pasado en mi vida para que yo dejara de ser ese agresivo negociante idólatra que era capaz de convocar y manipular a las masas para satisfacer sus intereses egoístas y atacar al mismísimo Dios de dioses.

Pues bien, déjenme contarles cómo empezó todo. Aquellos cristianos que yo traté de expulsar de Éfeso de hecho siguieron reuniéndose clandestinamente, aunque era un secreto a voces, porque era muy común escuchar que Fulanito o Perenceno estaban ahora siguiendo el Camino y que tal o cual viuda había logrado reparar el techo de su casa con ayuda de los del Camino, o que en algún río de la región habían visto filas enteras de personas esperando a ser bautizadas. Un día se armó un gran alboroto, y como yo era tan amigo de los alborotos, empecé a seguir a un grupo de efesios de quienes yo ya sabía que eran seguidores del tal Camino, con la esperanza de que fueran a asistir a otro linchamiento masivo de uno de los suyos.

Al llegar al sitio donde se reunían, me camuflé entre un grupo para ingresar y bregué a hacerme detrás de una columna, desde donde pude escuchar algo de lo que hablaban. En lugar de estar preocupados, se veían todos muy alegres, porque al parecer había llegado una carta para ellos, de parte de un Pablo, nombre que se me hacía muy familiar. Finalmente entró por la puerta de atrás un hombre de aspecto muy humilde, con un rollo entre sus manos y una sonrisa en sus labios. Mientras se abría paso entre la multitud, empezó a blandir el rollo con alegría mientras los demás aplaudían y se abrazaban ante la expectativa de lo que pudiera contener la misiva. Yo mismo, de ver tanta conmoción, me contagié de emoción mientras este hombre desenvolvía el rollo con desespero, como si no pudiese esperar a leer su contenido. Un silencio profundo invadió el salón mientras el hombre posaba sus ojos sobre el papiro, solo para levantarlos inmediatamente gritando: “¡Es de Pablo!“

El aplauso y los gritos llenaron de júbilo la casa, el patio y el vecindario, pero a mí me cayeron como una aguja en el corazón, pues en ese momento recordé que Pablo había sido el instigador del saboteo contra mi industria en años anteriores. Quise correr hacia el hombre para arrebatarle el rollo y romperlo en mil pedazos, antes de que su contenido subversivo quedara libre en mi ciudad, pero el sentido común me detuvo y una voz interior me dijo: “Escucha… “ Así que escuché. Escuché mientras de la boca de aquel hombre salían algunas de las palabras más hermosas, pero a la vez más perturbadoras y confusas que jamás había oído.

Nada más las dos primeras frases me dejaron paralizado: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz.“ Jamás pude olvidar esta última frase, porque estaba tan llena de amor, ¡pero a la vez me sonaba tan ajena! Y quizás me sonaba ajena porque esa gracia y paz estaba destinada no para mí, sino a los “santos“ y a los “fieles“ de Éfeso, y aunque yo era de Éfeso, y era fiel a mi Artemisa, no lograba entender qué era eso de ser santo pero por pura intuición me sentía excluido de dicho grupo y por lo tanto excluido de esa gracia y de esa paz.

Ustedes tienen que entender que la gracia es algo muy importante en mi cultura. Una de las tradiciones que nos dejó la helenización que trajo Alejandro Magno, antes del Imperio Romano, fue la de creer en las Gracias –las Carites--, nuestras diosas del encanto, la belleza, la naturaleza, la creatividad humana y la fertilidad. Así que para nosotros, dar las gracias a alguien no era una simple muletilla, sino un regalo que le hacíamos a alguien. Para nosotros dar las gracias era como decir, “¡Que las diosas de la belleza y la fertilidad te acompañen!“ Ustedes saben de que estoy hablando porque hoy en día lo hacemos inconscientemente cuando alguien estornuda, y le decimos, “¡Salud!“ Y si vuelve a estornudar le deseamos “¡Dinero!,“ y ante un tercer estornudo ya nos venimos con la artillería pesada y exclamamos, “¡Amor!“

También en aquella época, si alguien me daba las gracias, yo le respondía, “¡De nada!“ lo cual no era tampoco una muletilla, sino la confirmación de que esas gracias que yo recibía eran gratuitas, como la palabra gratitud lo dice. Así que al nosotros decir “De nada,“ de verdad decíamos, “lo que me estás dando –belleza, fertilidad, etc.—es gratuito, y no en contraprestación de nada.“

Pero Pablo habla de una gracia distinta, no de las gracias a las que yo estaba acostumbrado. Él se refiere a LA gracia, a ESA gracia, a una gracia específica que viene por medio de Jesucristo y a la cual yo no tenía acceso por no ser santo y fiel en Cristo Jesús.

Así que cuando me sentí excluido de esa gracia a la que se refería Pablo, mi corazón empezó a anhelar una invitación. Pero la carta que estaban leyendo continuaba con muchas cosas que yo no entendía. Hablaba de unos elegidos y predestinados, y yo no sabía si yo lo había sido. Hablaba de la unidad de la iglesia, y yo no sabía cómo pertenecer a la iglesia. Hablaba de una vida anterior y una vida nueva y yo estaba muy apegado a mi vida, a mis negocios y a mis bienes como para pensar en una vida nueva. Hablaba de unas recomendaciones para vivir esa vida nueva y con solo oírlas me daban náuseas porque eran cosas que yo me sentía incapaz de obedecer. Y hablaba de cómo vencer en una guerra espiritual en la que yo me sentía el malo del paseo.

Esa invitación que yo tanto anhelaba no llegó de manera sobrenatural, en forma de ángel ni con música de trompetas, sino por medio de un joven cristiano quien sin ningún rodeo me invitó a estudiar lo que ellos consideraban las “Sagradas Escrituras,“ incluyendo, para mi sorpresa, la carta que tuve el privilegio de escuchar. Puedo imaginar el coraje que tuvo que tener aquel jovencito para acercárseme, sin conocerme pero probablemente sabiendo quién era y yo cuál era mi carácter. Pero mayor fue mi sorpresa cuando me escuché a mí mismo diciendo “Está bien… estudiemos.“ En ese momento justifiqué mi extraña decisión pensando que lo mejor que podía hacer era entender bien su modus operandi para así poder atacarlos más efectivamente. Pensaba, ingenuamente ahora veo, que había logrado infiltrarme entre los muy tontos, cuando era Jesucristo quien había empezado a infiltrarme.

Tras algunos días estudiando empezó a ser claro para mí que más que mi comprensión intelectual de los textos sagrados, era el testimonio de esos “Caminantes“ lo que estaba conmocionando lo más profundo de mi ser. No es que fueran perfectos, pero había en ellos una extraña inmunidad a la derrota. No es que tuvieran mucho, pero la alegría con la que compartían lo poco que tenían era su posesión más preciada. No es que no sintieran nunca tristeza, sino que lograban alabar a Dios en medio de su congoja.

Así que lo que en principio fue una inocente y desprevenida invitación a estudiar las escrituras, se convirtió en un llamado inaudible, pero tan fuerte, que tuve que entregarme y dejarme guiar hasta los pies de Cristo. Fue allí, cuando me sentí llamado aparte, que comprendí que yo también podía ser un santo, que yo ya había sido elegido. Mi santidad no fue elección mía; fue elección de Dios.

Ya estaba listo uno de los requisitos de los que hablaba Pablo para recibir la gracia. Ahora venía el tema de la fidelidad. ¿Cómo podía ser yo fiel al llamado, cuando mi vida anterior ejercitaba una fuerza tan grande en mi carácter? Es que aquella elección divina por la que Dios me había hecho santo, llamado aparte, no me dejaba libre de pecado, simplemente me hacía más vulnerable a él, porque mientras en el pasado me podía importar un rábano si mentía, si robaba, si idolatraba, si ofendía a Dios, ahora yo era perfectamente consciente de cada uno de mis pecados y de cuán lejos de Dios ellos me ponían.

Entendí entonces que mi fidelidad tendría que ser una elección mía. Que yo tendría que tomar la determinación de ser fiel a Jesucristo, es decir, de vivir una vida sin mentira, sin dar cabida al diablo, trabajando honradamente y evitando conversaciones obscenas (EFESIOS 5:25), y que ese vivir una vida fiel es la guerra espiritual en la que ahora yo estaba del lado vencedor, del de Cristo. Ahora entendía a lo que se refería Pablo con ponerse la armadura de Dios, el cinturón de la verdad, la coraza de justicia, las sandalias del evangelio de paz, el escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del espíritu (Efesios 6:13-17). ¡Finalmente había entendido el evangelio! Y, ¿quieren saber por qué había entendido el evangelio? Porque había elegido ser fiel ¡y la fidelidad nos da acceso a la gracia! (Romanos 5:2)

Mi nombre es Demetrio, y ustedes probablemente me conocen por mi aparición estelar en la carta que el apóstol Juan le escribió al querido anciano Gayo. Sí, soy yo de quien Juan dice, “Todos, incluso la verdad misma, hablan bien de Demetrio. También nosotros hablamos en favor suyo, y tú sabes que decimos la verdad“ (3 Juan 1:12)

La verdad habla “en favor“ mío. Eso es gracia. Esa es la gracia a la que tuve acceso cuando Dios me eligió para ser santo, y creí en su hijo Jesucristo: Él, el Hijo, que es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6), le dice al Padre: “Yo hablo en favor de Demetrio.“ Esa es la gracia a la que continuamente tengo acceso cuando cada vez que el pecado me gana una batalla, Jesús le recuerda al demonio que la guerra ya está ganada, y me perdona. Verán, es como con los estornudos, pero en vez de decirme “Salud, dinero y amor,“ Jesús me dice, “¡gracia, gracia y más gracia!“ Porque aunque intento vivir con el ropaje de la nueva naturaleza (Efesios 4:24), a veces me pongo un trapo viejo y empolvado que me causa alergia y me hace estornudar, aah… aah… “¡lujuria!“ Y Dios me responde, “¡Gracia!“ Y aunque he tratado renovar mi closet, a veces lo abro para vestirme y se me enredan las manos en esas viejeras y…aah… aah… “¡chisme!“ Y Dios otra vez me responde: “¡Gracia!“

¡Cuán bueno eres Dios, por derramar tu gracia sobre mí y sobre tu iglesia! Haz, Señor que tu gracia nos haga permanecer unidos y que podamos darnos gracia entre nosotros. (Efesios 3:16-19)

Mi nombre es Demetrio y tengo un mensaje para ustedes de parte de Pablo y de parte del Espíritu Santo: Que Dios el Padre y el Señor Jesucristo les concedan paz, amor y fe a los hermanos. ¡La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor imperecedero! (Efesios 6:23-24)

Saturday, January 17, 2009

Orando... ¿en nombre de quién?

El siguiente es el texto de la enseñanza tal y como fue escrita para ser predicada en Centro Cristiano Prado Veraniego.

[Lectura de 1 Corintios 14:10-19; Juan 14:5-14; Mateo 7: 15-23]

Hoy tengo el privilegio de tratar de explicar a ustedes cómo se relacionan estas tres porciones de escritura, para lo cual le ruego a Dios, en virtud de mi relación personal con su Hijo Jesucristo, que me permita conservar la claridad y no perder el hilo. Amén.

La historia de mi vida de oración ha tenido muchos hitos (o puntos de referencia), la mayoría de ellos trágicos. Uno de estos hitos sucede en mi época de bachillerato, cuando, por herencia de mi papá, me acostumbré a quedarme dormido con noticias—gente hablando—y eso me precondicionó a quedarme dormido en clase en la universidad y por ende también en los servicios religiosos, pero muy especialmente en el tiempo de la oración. Aunque no me pasa que me quede dormido en mi tiempo de devocional; allí lo que me pasa es que me distraigo mucho y no tengo un orden. Lo cual me hace suponer que si mi tiempo de oración fuera verdaderamente fructífero, Dios me hablaría mucho durante mis ratos de silencio y entonces me quedaría dormido, pero por lo menos sabría que estoy escuchando a Dios (¡o a alguien!) y que por eso me quedé dormido. Pero a veces lo que pasa es que me ocupo mucho hablando durante mi oración entonces debe ser Dios el que se queda dormido…

[Mucha gente me habla de lo que Dios les dice en su tiempo de oración, de cómo Dios les ayuda a tomar una decisión y de cómo Dios “claramente“ les expresó y les confirmó esto y lo otro. Cuando yo era adolescente asistí a Escuela de Liderazgo y hacíamos lo que llamábamos “desierto espiritual“, dos días sin hablar con nadie; al final cada uno compartía sus experiencias: a algunos las arañas y las vacas les habían hablado, a otros el árbol del frente se les había convertido en el rostro de Jesús; a mí, ni por las curvas se me apareció nadie, pero al revisar mis apuntes de mis reflexiones, me daba cuenta de lo mucho que me había descubierto y de cuántos buenos propósitos me había hecho, los cuales, por supuesto, nunca cumplí. En aquel tiempo, pude racionalmente atribuir tales apuntes de cuaderno a la intervención de Dios a través de mi bolígrafo sobre las rayas de mi cuaderno. Hoy, entiendo que en aquel entonces yo no tenía una relación personal con Jesucristo y por lo tanto mis dos días de desierto espiritual eran como asistir a una cita a ciegas sin una descripción de la niña y con la dirección equivocada—lo cual me ha pasado varias veces también. Así que lo que tuve en realidad fue una experiencia de dos días hablando conmigo mismo, revolcándome en mis esfuerzos de autosuperación, por mi mismo, para mí mismo, sin Dios ni Ley.]

Para hablar de oración, tendríamos que abarcar horas y horas de estudio y páginas y páginas de lectura. Pero por ahora lo mejor que podemos decir es: “Yo te entiendo; a mí también me pasa.“ A mí también me cuesta trabajo concentrarme durante la oración, sea la que hago en mi tiempo personal con Dios, o la que hacemos en grupos pequeños, o la que se hace en público, cuando la hace alguien más. Es que si la oración surgiera espontáneamente y no nos costara trabajo, no requeriría perseverancia – mirar TV no requiere perseverancia…

Así que hoy me presento acá no como el gurú en oración, sino como un aprendiz –¡y probablemente me quede toda la vida como aprendiz!—que fue movido a la preparación de este tema no para demostrarle a los demás lo superespiritual que es, sino incluso desde un desierto espiritual en términos de oración. Me presento como alguien que en la preparación de esta enseñanza se topó con una cantidad impresionante de material y recursos para crecer en la vida de oración y que está ansioso por compartir TODOS estos recursos y posibilidades con ustedes, pero solo tengo 35 minutos y ya gasté cinco contándoles mis frustraciones.

Empecemos por decir de qué NO voy a hablar. No vamos a responder preguntas como, “¿Me escucha Dios cuando oro?“ o, “si Dios lo sabe todo, ¿para qué le tengo que contar lo que necesito?“ (Mateo 6:31-32), o “por qué Dios no parece responder algunas oraciones y otras sí?“, preguntas todas estas muy válidas y fascinantes de estudiar, para los cuales solo puedo dirigirlos a algunos de los recursos disponibles en librerías y en el internet, los cuales encontrarán en la página referenciada en su boletín. También podemos analizar estas preguntas en el grupo de oración de los miércoles a las 6:30, espacio en el cual ya empezamos a estudiar muy informalmente estos temas y al cual están cordialmente invitados.

Hoy vamos a hablar específicamente de la oración pública. Pero cuando hablamos de oración pública estamos de por sí distinguiéndola de otros tipos de oraciones.

Cuando entramos en nuestro cuarto, cerramos la puerta y oramos a nuestro Padre que está en lo secreto, estamos haciendo lo que vamos a llamar “Oración Privada.“ Esta es la que nuestro Señor Jesucristo nos pide que NO hagamos en público, como los hipócritas, “porque a ellos les encanta orar de pie en la sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea.“ Nótese que no dice para que la gente los oiga, sino para que la gente los vea.

Luego está la oración que vamos a llamar Participativa, en la cual dos o más personas se reúnen a orar. Ésta es en últimas una oración pública, excepto que en vez de haber una persona orando y las demás diciendo “Amén,“ hay varias personas hablando, ya sea al unísono, como parece ser el caso cuando liberan a Pedro y Juan de la cárcel después de sanar a un hombre lisiado, y al llegar de regreso a casa, dice la Palabra que “alzaron unánimes la voz en oración a Dios, diciendo… Soberano Señor, etc.“ O ya sea de otra forma como cuando un ángel libro a Pedro de la cárcel y llegó a casa donde había muchas personas reunidas orando, y es probable que fuera tomando turnos para orar.

Finalmente, existe lo que vamos a llamar la Oración Pública, tal y como la conocemos hoy en día, a la que muy seguramente se refiere Pablo en el pasaje que leímos en 1 Corintios 14. En este pasaje Pablo habla del don de lenguas, del cual pide que sea usado para edificar a los demás, y luego el tema de las lenguas se convierte sutilmente en una excusa para hablar de la oración hecha en público. Así que mientras es posible concluir con seguridad que la oración pública era algo que se practicaba en las iglesias primitivas, la Biblia no trae una gran cantidad de instrucciones en cuanto a la forma de desarrollar esta oración pública, excepto dos directrices muy claras: que edifique, y que sea corta.

Las dos están íntimamente relacionadas por cuanto es natural que ante una oración demasiado larga, la gente empiece a desconectarse, y por tanto lo que sea que haya de edificante en la oración no va a llegar a oídos de los presentes. De ahí que durante muchos años se utilizó la oración escrita previamente, hasta que, durante la Reforma, algunas tradiciones Protestantes tendieron a reaccionar contra estas prácticas. La idea, según Bratcher, es que “las oraciones escritas inhibían el trabajo del Espíritu Santo, reflejaban demasiada manipulación humana de la experiencia de alabanza o enseñaban doctrina equivocada.“ Sin embargo, hoy muchas iglesias protestantes están retomando esta práctica de oraciones escritas.

Esto, que puede verse como una mera cuestión de forma, tiene relevancia en la medida en que el hacer esto bien o mal hecho, va a determinar finalmente la pasión con que la congregación asuma el tema de la oración. En nuestra iglesia, por ejemplo, a veces escribimos algunas oraciones para efectos de controlar el tiempo, de variar los temas o simplemente de asegurarnos de no ir a cometer errores teológicos desde el púlpito, y a veces oramos de manera espontánea. Tiene gran relevancia también en momentos de oración participativa en grupos pequeños, sobre todo con cristianos jóvenes en la fe. A Matilde Lina, por ejemplo, le estamos enseñando poco a poco a orar, y hasta el momento ella responde positivamente. Si nosotros queremos que ella crezca amando la oración, tenemos que hacer un esfuerzo por hacer muy especiales los momentos de oración, por ponerles picantico. Le tenemos que meter variedad. Cuando esto no se hace, suceden cosas como la que sucedió la semana pasada, cuando Luis Carlos dijo, “Vamos a orar…“ y antes de que pudiera terminar su frase, ya varias personas habían agachado la cabeza automáticamente, pero él en realidad estaba aún en la mitad de su enseñanza e iba a decir otra cosa.

Pero, por sobre todo, está la importancia de que la oración sea efectiva y la Palabra nos dice una y otra vez que la oración solo es efectiva cuando se hace en el nombre de Cristo. Ahora bien, la Palabra también nos dice que “en aquel día“ muchos reclamarán, seguramente cuando ya se vean en la mala, que hicieron milagros y profetizaron en el nombre de Cristo, y aún así, Jesús les dirá: “¡Jamás les conocí! ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!“ (Mateo 6) Esto lo que nos dice es que hay una gran diferencia entre decir “En el nombre de Cristo“ y real y verdaderamente orar, profetizar o hacer milagros en el nombre de Cristo. ¡Qué responsabilidad tan grande, entonces, la de aquel que lidera en oración, el poner las peticiones de un grupo, de una congregación, en manos de Dios! Y digo que qué responsabilidad, porque cuando estas personas en el día del juicio le reclaman a Jesucristo que hicieron cosas en Su nombre, Él no les responde simplemente, “Ah no, eso no fue hecho en mi nombre, trata de nuevo“. No. Él les dice, “¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!“ Como quien dice que lo que ellos hicieron no solo no fue bueno, sino que, por descarte y simple lógica, fue malo. No solo no fue hecho en nombre de Cristo, sino que fue hecho en nombre del maligno.

Fíjense bien que aquí estamos hablando de cosas que hoy consideraríamos sobrenaturales y extraordinarias, como profetizar o hacer milagros. Cosas en las que, de no ser hechas por Dios, tendrían que intervenir poderes, autoridades, potestades que dominan este mundo de tinieblas… fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales… (Efesios 6:12-NVI). ¿Y es que acaso la oración de súplica es distinta? Cuando hacemos oración y presentamos peticiones, ¿acaso no estamos pidiendo que Dios intervenga en nuestras vidas o en las vidas de otras personas y que obre sobrenaturalmente?

Así pues, vale la pena reencauchar la famosa frase, “Ten cuidado por lo que oras,“ pero más que eso, ten cuidado en nombre de quién oras. Porque si tú no estás seguro de estar orando sinceramente en el nombre de Cristo, y aún así tu petición es concedida, puedes estar seguro que detrás de ese “milagro“ hay algo más que casualidad, hay algo más que coincidencia: hay poderes, autoridades, potestades y fuerzas espirituales malignas que dominan este mundo de tinieblas. Esto no lo digo para meter miedo, sino para dejar claramente sentada la importancia no solo de la oración, sino de la oración bien hecha. Porque en la oración, como en cualquier otro tipo de comunicación, la claridad es fundamental.

Aquí es donde cobra importancia la distinción ente oración privada de una parte, y oración participativa y pública, de otra. La oración privada no requiere de palabras, más bien de escuchar la voz de Dios. El pedir o no en nombre de Cristo es algo muy interior, que Dios ve. Pero en la oración pública, como es para edificar, debe quedar expresado en palabras, para que la congregación no tenga que estar adivinando las intenciones de quien dirige la oración. En la oración pública, podría decirse, se está uno jugando el todo por el todo. Dice Dennis Bratcher, autor cristiano, que ha sido en el contexto de oraciones públicas donde ha escuchado las peores herejías. Y por ello, continúa él, las oraciones públicas se convierten a veces en una aburrida y monótona repetición de la repetidora, porque quien dirige la oración prefiere salvar su pellejo, doctrinalmente hablando, y no aventurarse a terrenos que lo puedan llevar a imprecisiones teológicas.

Habiendo dicho esto, cabe preguntarnos, ¿cómo entonces podemos asegurarnos que estamos orando en el nombre de Cristo si no es simplemente diciendo “En el nombre de Cristo“ para cerrar nuestra oración, como si fuera una muletilla? ¿Qué ha de pasar en el proceso de orar que le confiera credibilidad a lo que oramos? Les voy a ser honestos: en lo que pude investigar sobre el asunto encontré muy poco o nada al respecto. Incluso el libro de la materia que estudiamos acá en la iglesia que se llama “Vida Cristiana“ enseña que “Orar en el nombre de Cristo es terminar la oración con las palabras en el nombre de Jesucristo, Amén-.“ Y estas no son palabras mágicas, no es así cómo debe usarse.

Entonces encontré una pista en el mismo evangelio de Mateo. Justo antes de Jesús decir lo que le va a pasar a aquellos que dicen haber hecho cosas en su nombre, Él habla de los falsos maestros, de aquellos lobos que vienen disfrazados de ovejas, y los compara con árboles que no dan fruto, los cuales serán cortados y arrojados a la hoguera. Y nos recuerda, como susurrándonos al oído: “Por sus frutos los conocerán…“

He ahí, para mí, una pista importante, o quizás la clave de una oración sinceramente hecha en el nombre de Cristo y no en el nombre de nuestras ambiciones, deseos, afán de figurar o deseo de sobresalir: quien ora sinceramente experimenta el milagro del crecimiento y la fructificación. No es algo instantáneo, así como no lo es en los árboles buenos que uno siembra la semilla y ¡POP! a los quince minutos ya hay una deliciosa pitaya esperando a ser consumida. Es más bien un proceso. Cuando llevo a Matilde al pediatra, lo primero que hago es mirar la pared detrás del escritorio y escrutinar cada uno de los diplomas allí colgados: de qué universidad se graduó, qué especialización tiene, certificaciones, etc. Yo no se nada de la vida personal del médico, de su familia, de sus buenas o malas costumbres, pero los diplomas me hablan de la preparación que ha tenido.

En el contexto de la iglesia, en cambio, y especialmente en el campo de la oración, no nos fijamos en títulos y honores, sino en la vida de la persona. Si yo me paro acá adelante y empiezo a orar por una cosa y la otra, y digo hacerlo en el nombre de Cristo, mientras mi vida personal es un desastre, y pasan las semanas y los meses y mi vida sigue siendo un desastre, es muy probable que haya algo vacío en mi oración. Y lo que pase con mis peticiones, sean cuales sean (la sanación de un enfermo, el conseguir empleo, la conversión de alguien, etc.) puede verse de dos formas: o no se cumple por el simple hecho de que no se pidió en el nombre de Cristo, o se cumple, porque igual era la voluntad de Dios que se cumpliera, pero no se le da gloria al Padre (Juan 14:13). Y no se glorifica al Padre porque no lo hizo Jesucristo. Y si no lo hizo Jesucristo, entonces, ¿quién lo hizo? Muchos dirán que el fin justifica los medios y lo importante es que se me hizo el milagrito. Pues yo les digo que no hay ninguna diferencia entre el obtener algo a través de una oración deshonesta y falsamente motivada, y poner a San Antonio de cabeza o ir a donde el Brujo Llanero para recuperar el amor perdido.

La buena noticia de todo esto es que en este proceso de dar fruto no nos tenemos que preocupar de que ahora vamos a estar siendo fiscalizados, observados, puestos a prueba y en últimas juzgados por nuestros hermanos. El hecho de dar frutos tiene una connotación mucho más importante, positiva y fascinante para una congregación como la nuestra: significa sobre todo que todos y cada uno de los aquí presentes haremos parte del crecimiento del otro. Si uno es de los que se la pasa ventaneando de iglesia en iglesia, picando aquí, picando allá, a veces de religión en religión, se está perdiendo de una increíble oportunidad de presenciar el crecimiento espiritual de sus hermanos y hermanas y de participar activamente en abonar ese crecimiento. Pero además, debe haber algo que no le permite exponerse tal y como es ante los demás. Y ese algo no es necesariamente un pecado, porque todos los tenemos. Es más bien, la ausencia del deseo de superar ese pecado y el no querer ser transformado. Cuando yo no quiero que los demás noten que sigo siendo el mismo bebé espiritual de hace años, lo mejor que puedo hacer es no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio, no comprometerme, no orar con los demás, jamás pedirles que oren por alguna necesidad mía.

De ahí que se diga que la unión hace la fuerza. Lo cual me recuerda una oración muy bonita que solía decir hace algunos años y que mi papá me escribió en una carta hace poco: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles, “mi paz os dejo, mi paz os doy“, no mires nuestros pecados sino la fe tu Iglesia, y conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad, tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, amén.“

¿Por qué hablar de esto desde el púlpito y no simplemente realizar un taller para pastores, puesto que son ellos finalmente los que se paran a hacer oración pública? La respuesta, reitero, es porque cada uno de nosotros está encargado del crecimiento espiritual de todos los demás aquí presentes. Cada uno de nosotros debe buscar oportunidades de orar POR los otros, pero también CON los otros. Y cuando eso suceda, vas a tener la responsabilidad de hacerlo en el nombre de Cristo, pero verdaderamente y no solo de labios para afuera. En ese momento cada uno de nosotros se convierte en una de esas personas que se paran en las llegadas de los aeropuertos, con un uniforme y un letrero a esperar a un turista o un hombre de negocios. Cuando el turista llega y ve el aviso que tienes con el nombre del hotel a donde le vas a llevar, empieza a caminar hacia ti, y confía en ti. Pero si tú le llevas a un hotel distinto o empiezas a irrespetar tu código de trabajo, estarás demostrando que lo tuyo no era más que un uniforme y un letrero. Asimismo, cuando oras con otras personas en el nombre de Cristo, estás prometiéndoles y prometiéndote a ti mismo que las peticiones serán puestas en las manos de Dios pasando por los pies del único mediador entre Dios y el hombre. El fruto que produzca tu vida hablará enormemente de quién realiza y concede aquellas peticiones.